Las razones de la reconciliación estratégica entre este movimiento islamista y el  Estado de Marruecos.

 










AFP/Getty Images

 

Desde que los rojos comunistas dejaron de representar una amenaza y, en su lugar, la nueva cabeza de turco llevaba el cartel de “islamismo”, los integrantes de la corriente salafista marroquí se han sentido discriminados, apartados, negados por la sociedad y el Estado y ferozmente perseguidos por el sistema. Declarase públicamente devoto de la salaf conllevaba el control y el seguimiento de las autoridades y cualquier manifestación que se saliera de los márgenes del discurso oficial –un claro reconocimiento del Rey alauí como comendador de los creyentes– significaba purgar cárcel. Sin embargo, el fenómeno de la primavera árabe transformó de un plumazo el campo político tunecino y egipcio con unos efectos irremediables sobre la sociedad marroquí. Los hombres, a los que despectivamente se les denomina barbudos y representaban un peligro para la sociedad por preconizar –a veces utilizando métodos violentos– ideas de recuperación de la identidad árabe-musulmana; la islamización de la sociedad o el retorno a los tiempos del califato no sólo aparecen en la actual escena política, sino que además ostentan poder y empiezan a escribir los designios de sus sociedades.

Precisamente, la liberalización del campo político en Túnez y Egipto ha repercutido en Marruecos donde la revuelta del 20-F abrió la espita a un hecho inédito: la apertura del diálogo con el ala moderada del salafismo marroquí y una llamada hacia la reconciliación entre este sector, aún minoritario de la sociedad, y el Estado. No cabe duda de que sobre el tapete se asientan las primeras negociaciones entre el majzén (grupo de consejeros del monarca) y los salafistas reconvertidos, es decir, aquellos que se disponen ...