Se suponía que la religión iba a desaparecer a medida que se extendieran la globalización y la libertad. Pero en lugar de ello, está experimentando un fuerte auge en todo el mundo y con frecuencia determina los candidatos que ganan las elecciones. Y la intervención divina no ha hecho más que empezar. La democracia está dando voz a los pueblos, que quieren hablar de Dios cada vez más.

Después de que Hamás obtuviera una decisiva victoria en las elecciones palestinas de enero, uno de sus partidarios sustituyó la bandera nacional que ondeaba sobre el Parlamento por la enseña verde esmeralda de Hamás, que reza: "No hay más Dios que Dios, y Mahoma es su Profeta". En Washington, pocos esperaban que este partido religioso accediera al poder en Palestina. "No conozco a nadie a quien esto no cogiera por sorpresa", dijo la secretaria de Estado de EE UU, Condoleezza Rice. Y vinieron más sorpresas. Días después de que se desplegara en Ramala la enseña de Mahoma, miles de musulmanes emprendieron una vigorosa, y a veces violenta, defensa del honor del profeta en ciudades tan lejanas entre sí como Beirut, Yakarta, Londres y Nueva Delhi. Escandalizados por las caricaturas de Mahoma publicadas originalmente en Dinamarca, grupos islámicos, gobiernos e individuos protagonizaron manifestaciones, boicots y ataques a embajadas

Estos acontecimientos por sí solos parecían ser repentinos accesos de ira musulmana. De hecho, eran tan sólo las muestras más recientes de una profunda corriente soterrada que lleva décadas adquiriendo fuerza y que se extiende más allá del mundo musulmán. La política global cada vez está más marcada por lo que podríamos llamar la política profética. Las voces que aseguran poseer una autoridad trascendental están llenando los espacios públicos y están ganando enfrentamientos cruciales. Estos movimientos se presentan de formas ...