La miopía de las potencias occidentales agrava el conflicto.


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Las potencias occidentales han fracasado en Siria. Entre una estrategia humanitaria poco entusiasta y un plan miope para perpetuar una guerra por interpuestos, combatida a través de la oposición, Europa, EE UU y los Estados importantes del Golfo están echando más lecha al fuego de la destrucción del país.

Que no haya ningún equívoco: la tragedia de Siria es obra de Assad. Al empeñarse en luchar contra las transformaciones políticas irreversibles que están produciéndose en la región, el régimen ha puesto al país al borde del colapso. Entre la opción de acometer las legítimas demanda de sus ciudadanos, durante tanto tiempo ninguneados, y la de no dar cuartel a las protestas pacíficas, el Gobierno de Assad eligió la última.

Pero la ingenuidad con la que las potencias extranjeras respondieron al levantamiento de los sirios, en el mejor de los casos, raya en la cortedad, y en el peor de los casos, es de una miopía criminal. No se ha destruido ningún sistema postcolonial de dominio de una minoría sobre una mayoría en Oriente Medio sin una tremenda inestabilidad y coste humano. Apoyar  las aspiraciones de los revolucionarios de Siria es honesto y justo. Pero en una fecha tan tardía como el invierno de 2012 no parecía haber una estrategia occidental creíble, ni siquiera para mitigar la espiral de sufrimiento humano, más allá de pedir, una y otra vez, como un loro, la salida de Assad y jugar a la sillita musical con diversos grupos de la oposición.

La postura occidental sobre Siria ha sido desandar el camino desde la exigencia de que Assad abandonara el poder hasta, ahora, las alabanzas a la imperiosa necesidad de lograr un acuerdo político. ...