Las últimas semanas han sido magníficas para los aficionados a la política exterior y las apuestas, con la concesión de los Juegos Olímpicos de 2016, los Premios Nobel y la ratificación del tratado de Lisboa por parte de Irlanda. Aunque sigue habiendo algunos obstáculos, el referéndum ha hecho mucho más probable la creación de un presidente de la Unión Europea, y eso ha despertado serias especulaciones transatlánticas sobre quién podría ocupar el puesto.


Normalmente, las maniobras políticas para decidir qué peso pesado continental puede ocupar un cargo en la UE son mínimas. Las funciones suelen ser burocráticas y, francamente, Bruselas tiende a ser un lugar aburrido. Pero la novedad y el carácter relativamente poco definido de una presidencia de la UE con más responsabilidades ha hecho que, en esta ocasión, la elección tenga algo de intriga.


Al tiempo que han surgido algunos políticos como posibles favoritos, también ha aparecido una serie informal de criterios. Los líderes europeos y los observadores de Bruselas que evalúan la competición suelen comentar sobre las características que les parecen deseables en un presidente de la UE.


En primer lugar, el presidente debería ser -cómo decirlo- aburrido. Como la propia Bruselas. Los políticos han rechazado candidatos porque eran demasiado francos o demasiado controvertidos. Segundo, seguramente debería de ser de centro derecha o tendencia democristiana, dado que la propia Europa se encamina en esa dirección. Tercero, debería proceder de un país que utilice el euro, para mostrar su plena lealtad al concepto de la unión. Cuarto, debería proceder de un país pequeño, que no sea Gran Bretaña, Francia, Alemania ni Italia, que son los que suelen dominar los asuntos en la UE. Y por último, dos características comodín: lo ideal sería que hablara francés y que se hubiera opuesto a ...