Salió del apartheid para convertirse en una brillante y joven democracia, pero la Suráfrica de Mandela es hoy un milagro que se desvanece. Los electores acuden a las urnas esta semana, pero es posible que los tiempos más duros estén por llegar.


“Suráfrica es una democracia moderna y vibrante”

 
 

Touchñine/Getty Images

No del todo. Pocas veces ha tenido la democracia un comienzo tan esplendoroso como el que tuvo en Suráfrica, cuando terminó con 46 años de apartheid en 1994. La Constitución del país era la más democrática del mundo y abarcaba el derecho al agua, los alimentos, la educación, la seguridad y la sanidad. Pero el ex presidente Nelson Mandela fue premonitorio al titular su biografía El largo camino hacia la libertad, porque, ahora que el país va a celebrar sus cuartas elecciones nacionales, sus credenciales democráticas no están, ni mucho menos, claras.

Durante los últimos 15 años, la política de Suráfrica se ha convertido, cada vez más, en un sistema elitista, más inclinado al clientelismo que a la provisión de servicios. Mientras los criminales y estafadores convictos ocupan las listas del partido con escasas protestas ciudadanas, destacados personajes que son modelo de integridad se han dado prácticamente por vencidos, han abandonado el servicio público y han dejado la puerta abierta a quienes consideran la política como una oportunidad de enriquecimiento personal. La visión de Mandela -construir una democracia basada en "un pueblo con un destino común en su rica variedad de culturas, razas y tradiciones"- parece haber quedado perdida en las generaciones sucesivas de políticos surafricanos pertenecientes a cualquiera de los sectores del espectro político.

La situación es igualmente inquietante para los partidos de la oposición. Aunque se celebran elecciones a las que se presentan libremente,  Suráfrica es ...