Mercenarios de las guerras de Darfur y Chad y traficantes imponen su ley en la frontera entre Egipto, Libia y Sudán. El turismo que atrae la meseta de Gilf el Kebir -famosa desde el éxito de la película El paciente inglés- empieza a verse amenazado por el descontrol de la región, que padece conflictos tribales y un flujo constante de emigrantes.
 

 
 

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  ¿Negocio en alza? Los turistas quieren conocer Gilf el Kebir después del éxito de El paciente inglés.

Alí (nombre ficticio) tenía apenas 19 años cuando llegó a Libia, y poco más de 21 cuando el 30 de enero de 2009 dejó la vida, junto a 270 compañeros, en un golpe de mar. Cuentan quienes le conocieron que su segundo sueño era llegar a Italia en busca de una vida mejor. El primero era huir de un drama que comienza mucho más atrás, en los vastos desiertos al oeste del Nilo, donde hace más de 10.000 años vivieron dos de las sociedades de cazadores más avanzadas del periodo cuaternario y que ahora alberga una frontera descontrolada, inabarcable y en la práctica casi abandonada por los tres gobiernos que la comparten; un abrumador y cambiante paisaje de arena, macizos rocosos y gargantas imposibles, esculpido a golpe de capricho por el dios del viento del oeste Céfiro en el límite que separa Egipto, Sudán y Libia y en el que desde hace años imponen su ley y campan a su antojo bandas de mercenarios procedentes de las guerras en Darfur y Chad, bandidos ávidos de miserias, traficantes de todo pelaje y grupos de desarrapados inmigrantes que, como el propio Alí, se aventuran en el desierto con la vacua esperanza de que las mafias que actúan en Egipto y Libia les faciliten algún ...