Este impuesto puede ser un gran paso adelante en la lucha contra los paraísos fiscales, pero su horizonte es muchísimo más incierto de lo que parece. 

La situación llevaba años desafiando la paciencia de los Estados. El impuesto de sociedades medio mundial se ha desplomado casi a la mitad desde los 80 y, muy especialmente, gracias a la competencia tributaria transnacional de los primeros años del siglo XXI. Además, muchas multinacionales, con las grandes tecnológicas a la cabeza, han aprovechado y siguen aprovechando las lagunas regulatorias para manipular el monto de sus facturas fiscales.


El truco, básicamente, no era complicado: bastaba con fingir o exagerar unas transacciones entre sus filiales que las llevaban a acabar en pérdidas o con muy pocos beneficios en los países donde las tasas eran más altas y con muchísimos beneficios allí donde eran bajísimas. Al mismo tiempo, estos trucos contables, que utilizaban grandes compañías de casi todos los sectores, favorecían particularmente a los cíclopes digitales, porque la normativa tributaria tenía más problemas para valorar sus novedosos servicios y sus intangibles.


Los estados, hasta ahora, solo podían naufragar en la perplejidad mientras las empresas no pagaban en función de lo que vendían y ganaban realmente en los países. Y de nada les servía elevarles los impuestos, porque a ellas les bastaba con declarar pérdidas o unas ganancias raquíticas o, en el peor de los casos, marcharse o amenazar con irse a otros destinos más favorables fiscalmente. Dicho de otra forma: podían presionar a los estados dándoles a elegir entre pagarles poquísimos impuestos (a través de la tasa de sociedades y de las que gravaban a sus empleados) o no pagarles ninguno.




El Ministro de Hacienda Rishi Sunak hablando con la Ministra de Finanzas canadiense Chrystia Freeland en una ...