Los países más frágiles están abriendo los ojos a la cruda realidad: una profunda crisis económica, innumerables catástrofes naturales y gobiernos que se derrumban. Este año profundizamos más que nunca en qué ha ido mal y quién ha tenido la culpa.

Puede que Yemen no salga aún en las portadas de los periódicos, pero los gobiernos de todo el mundo lo observan con atención. El Estado yemení se encamina hacia el desastre: reservas de petróleo y de agua menguantes; una turba de inmigrantes –algunos de ellos supuestamente relacionados con Al Qaeda– que llegan en masa desde el vecino fallido de al lado, Somalia; y un Gobierno débil cada vez más incapaz de conseguir que todo siga funcionando. Muchos temen que Yemen se convierta en el próximo Afganistán: un problema mundial en forma de Estado fallido. Y no sólo es Yemen. La crisis financiera ha sido una experiencia casi mortal para Pakistán, carcomido por la insurgencia, y que se mantiene vivo con ayuda del FMI. La onda expansiva de la crisis ha golpeado a Camerún, provocando revueltas, violencia e inestabilidad. Otros países dependientes del comercio internacional de materias primas –Nigeria, Guinea Ecuatorial o Bangladesh– también se han llevado lo suyo este último año, al ser víctimas de lo que el economista Homi Kharas denomina “efecto latigazo”: una espectacular subida de precios seguida de su desplome. Nada permite pensar que en 2009 la situación vaya a mejorar.

Muy al contrario, la recesión mundial está extendiendo el temor a que se desmoronen numerosos Estados de golpe. Ahora más que nunca, los líderes mundiales, desde la ONU y el Banco Mundial hasta el Gobierno de EE UU, podrían verse en la penosa necesidad de elegir entre Estados fallidos. Lo cual no es más que un caso complejo del viejo e incómodo dilema: ...