El presidente colombiano está acostumbrado a gozar de una enorme popularidad. Pero ahora sus coqueteos con un tercer mandato pueden meterle en problemas.

Hace un año, el presidente colombiano Álvaro Uribe se encontraba en la cima del mundo. Gracias a una astuta artimaña, una de las unidades militares de élite del país rescataba milagrosamente (y sin derramamiento de sangre) a 15 rehenes que llevaban años retenidos en la selva. El mundo aplaudió el sigilo y la inteligencia de la operación, y la liberación del más importante rehén de los rebeldes desde el punto de vista político, la franco-colombiana Ingrid Betancourt, así como de tres contratistas de Defensa estadounidenses y 11 soldados y policías.

Colombia, según parecía, se alejaba del abismo, y el país estaba exultante. Dos días después del rescate el 2 de julio, un sondeo realizado por Gallup entre los colombianos (al menos entre quienes tienen teléfono en las cuatro ciudades más grandes) situaba el porcentaje de aprobación hacia Uribe en un excelente 86%. Con anterioridad este presidente conservador y ganadero estaba ya bien considerado entre los ciudadanos por sus avances en la lucha contra la insurgencia de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC), un grupo izquierdista alimentado por el dinero de las drogas que lleva 45 años en activo y usa de manera sistemática a civiles como objetivos para el secuestro y el asesinato. El presidente colombiano supervisó una concentración de tropas que redujo el tamaño de la guerrilla a la mitad y limitó su campo de operaciones. Negoció además la desmovilización de decenas de miles de milicias paramilitares progubernamentales, reduciendo -aunque no eliminando- la actividad homicida de esos grupos.

Pero todo lo que sube al final baja, y la suerte de Uribe desde luego lo ha hecho en los últimos meses. A comienzos ...