La globalización está reforzando, por paradójico que parezca, la importancia de las fronteras. Pero no las políticas, concebidas sobre un papel, sino las naturales. Para identificar las próximas zonas de conflicto, conviene remitirse a los pensadores victorianos, los mejores conocedores del mundo físico. Porque ahora, más que nunca, el determinismo geográfico impone su ley.



La caída del Muro de Berlín, hace 20 años, marcó el comienzo de un ciclo intelectual que consideraba que toda división geográfica era superable; que se refería al “realismo” y al “pragmatismo” sólo de forma peyorativa, y que invocaba el humanismo de Isaiah Berlin para lanzar una intervención internacional tras otra. Pero, ¿qué ocurre cuando esta visión se extralimita? El resultado es la guerra de Irak.

Nos encontramos ahora en una nueva etapa en la que el realismo ha sido rehabilitado. Thomas Hobbes, que ensalzó los beneficios morales del miedo y consideró la anarquía como la mayor amenaza para la sociedad, ha desplazado a empujones a Isaiah Berlin y se ha convertido en el filósofo del momento. Los ideales universales han quedado de lado: lo importante ahora son las particularidades que marcan la diferencia, ya sean la etnia, la cultura o la religión. Hoy sabemos que en el mundo existen cosas peores que la tiranía extrema; en Irak, nosotros mismos hemos sido responsables de varias atrocidades. Digo esto habiendo apoyado la guerra.

Así que ahora, escarmentados, nos hemos vuelto todos realistas. Pero el realismo es algo más que oponerse a la guerra de Irak, ahora que ya sabemos que ha salido mal. Realismo significa reconocer que las relaciones internacionales se rigen por unas reglas más lamentables, más limitadas que las que gobiernan la política nacional. Implica primar el orden por encima de la libertad y centrarse en lo que divide a ...