Miembros del Estado Islámico en la ciudad siria de Raqqa, septiembre 2014. STR/AFP/Getty Images
Miembros del Estado Islámico en la ciudad siria de Raqqa, septiembre 2014. STR/AFP/Getty Images

Donaciones, venta de petróleo, impuestos, saqueo, contrabando... He aquí la máquina financiera que sostiene al grupo yihadista.

Resulta llamativo que una organización cuyo ideario es la creación de un califato, de acuerdo a los usos y costumbres del siglo VII, sea capaz de utilizar de forma provechosa las oportunidades que brinda el siglo XXI. Y sin embargo, uno de los aspectos más alarmantes del vertiginoso ascenso del Estado Islámico (EI) reside en su capacidad de autofinanciarse utilizando todos los mecanismos comerciales y financieros que ofrece el mercado mundial.

En la actualidad, el grupo que dirige Abu Bakr al Bagdadí dispondría de hasta 500 millones de dólares en metálico –algunas fuentes reducen esa cantidad hasta los 200 millones y otras la ascienden hasta los 5.000– y su férreo control sobre el territorio conquistado en Siria e Irak y de sus aproximadamente ocho millones de habitantes le estaría reportando importantes recursos económicos adicionales. Así, se estima que el EI se ha convertido en la organización yihadista mejor financiada del mundo, desbancando incluso a la propia Al Qaeda. El grupo está utilizando ese dinero para pagar a sus combatientes –mucho mejor que otras organizaciones de similar ideología–, comprar armamento, crear campos de entrenamiento y sobornar a los líderes tribales suníes iraquíes que apoyan, ya sea abierta o tácitamente, su ofensiva contra el régimen chií de Bagdad.

En los últimos años, el EI, al igual que otras organizaciones yihadistas, se ha financiado con donaciones que provendrían de Turquía, Kuwait, Catar y otros países del Golfo Pérsico –estos países han rechazado vehemente esa acusación–, por medio de ciertas organizaciones benéficas suníes. No obstante, desde meses atrás, esta fuente de financiación se ha reducido radicalmente por un doble motivo. En primer lugar, ...