Tan sólo un batiburrillo de ONG, agencias de ayuda y filántropos separan a algunos de los Estados más disfuncionales del hundimiento. Pero, a pesar de todo el bien que hacen, su generosidad erosiona la capacidad de los gobiernos para salir adelante por sí mismos. El resultado es un círculo vicioso de dependencia en el que demasiadas voces tienen la última palabra.   

 

Incluso en sus mejores tiempos, es difícil confundir a los Estados fallidos con otra cosa que no sean trágicos ejemplos de países que han ido por mal camino. Un puñado suele acaparar los titulares, como Somalia, Irak o Congo. Pero además de ellos, con su extremo mal funcionamiento, hay otra clase de Estados, de los que casi no se habla, que se encuentran al borde del precipicio. En numerosos países, los gobiernos corruptos o débiles son peligrosamente incapaces de asumir las más básicas responsabilidades. Naciones como Botsuana, Camboya, Georgia y Kenia pueden dar la impresión de estar recuperándose, e incluso de ser florecientes países en desarrollo, pero, como sus parientes fallidos, cada vez tienen menos capacidad, y tal vez menos voluntad, de cumplir las funciones que definen a los Estados.

¿Qué –o quién– está impidiendo que caigan al abismo? No hace tanto tiempo, las antiguas potencias coloniales y las superpotencias protectoras los sustentaban. Hoy, sin embargo, la delgada línea que separa los Estados débiles de los verdaderos Estados fallidos la controla un batiburrillo de organizaciones benéficas internacionales, organismos de ayuda, filántropos y asesores extranjeros. Este ejército de actores no estatales es ya una poderosa fuerza global, que sustituye a la tradicional influencia de los donantes y los gobiernos en las áreas devastadas por la pobreza y la guerra. Y, como medida de esa influencia, están asumiendo cada vez más funciones ...