Al pretender controlar la volatilidad de
las monedas, los responsables políticos
están
tratando de domeñar fuerzas que escapan a su control y, sobre todo,
a su comprensión.


Cuando el presidente del Banco Central Europeo (BCE), Jean-Claude
Trichet, calificó la subida del tipo de cambio del euro de "brutal" el
pasado noviembre, se hizo eco de la impresión de muchos exportadores
europeos, por no hablar de los americanos y asiáticos que importan productos
de Europa. Las últimas fluctuaciones desenfrenadas del euro y de otras
monedas han conducido una vez más a que se plantee la exigencia de un
sistema internacional de tipos de cambio más estable.

Son incontables los artículos de la prensa económica
que cuestionan si los bancos centrales deberían asumir un papel más
activo en la estabilización de los tipos de cambio, o considerar la
posibilidad
de una estrategia que conduzca a una moneda global. Pero, con todos sus defectos,
el actual sistema en el que la política monetaria desempeña una
función muy positiva en el control de la inflación y muy negativa
en la estabilización de los tipos de cambio, es quizá el mejor
de los posibles.







Casi todo el mundo prefiere que los tipos sean estables: turistas, empresas
internacionales y consumidores de productos importados. Pero, en un mundo de
mercados de capitales muy volátiles e integrados, los gobiernos tienen
que hacer concesiones. Pueden utilizar la política monetaria para fijar
el tipo de cambio, pero sólo desatendiendo lo demás. Con tipos
de cambio fijos, cualquier intento de situar los tipos de interés muy
por encima o muy por debajo de la moneda de referencia lleva a la desenfrenada
salida o entrada de capital en el país. La volatilidad de la moneda
es el precio que hay que pagar por tener ...