La extrema concentración empresarial y regional de las cadenas de suministro de semiconductores y el nacionalismo económico colocan a Europa, África o Latinoamérica en una posición muy vulnerable.

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Los semiconductores, incluidos los procesadores o los chips de memoria, son los cimientos de cualquier innovación digital y también de los avances en inteligencia artificial, la transición al mundo del 5G, el teletrabajo o la creciente capacidad de los ordenadores, los servidores o los dispositivos móviles. Por todo ello, ser una potencia mundial de primer orden sin jugar un papel relevante en la producción y diseño de semiconductores es más un deseo que una realidad. Y recordemos esto: los que no destaquen aquí tendrán que depender de los demás en una cuestión vital para sus sociedades y desarrollo económico.

No quedan demasiados analistas que afirmen que eso no debería ser ningún problema y mucho menos un peligro. Y el motivo es que la geopolítica, y las agendas de las grandes potencias, son cada vez más determinantes para el futuro del sector.

Cada día que pasa es más insostenible defender que la concentración corporativa y regional es el resultado de la mera competencia internacional (los líderes son los que nos ofrecen los mejores servicios al mejor precio) y que cualquier política pública que la corrija solo distorsionará el mercado, elevará los costes de las empresas y, como consecuencia, todos sufriremos unos precios mayores, algo particularmente inaceptable para las poblaciones y los países pobres.

También está perdiendo vigencia la idea de que los gigantes de los semiconductores y los Estados de los que proceden son los primeros interesados en no manipular el suministro, porque perderían miles de millones en ingresos y la confianza de sus clientes y, en consecuencia, sus competidores los reemplazarían sumariamente.

¿Pero qué es lo que ha cambiado para ...