• The American Economic Review, vol. 97, nº 4, septiembre de 2007

 

Cuando, en otoño de 2002, el presidente Bush hizo pública su Estrategia de Seguridad Nacional, afirmó que EE UU “trabajaría activamente para llevar la esperanza de la democracia a todos los rincones del mundo”. Era sólo el último de una serie de líderes norteamericanos que han hecho llamamientos a la propagación de la democracia. Es una creencia que cada cierto tiempo lleva a Washington a la guerra, no sólo porque se trata de un imperativo moral, sino porque también puede ser una medida pragmática. Al fin y al cabo, desde que Immanuel Kant abrazó su idea de la “paz perpetua”, muchos han argumentado que los países con ciertas características –a saber, la democracia– se abstienen de atacarse unos a otros. Los políticos llevan la idea un paso más allá: si Washington ayuda a que otros países se democraticen, la probabilidad de guerra disminuye.

Sin embargo, no hay consenso a la hora de explicar por qué se produce esta paz democrática. Dos economistas han analizado un modelo matemático que trata de responder a esta cuestión. En El sesgo político y la guerra, Matthew Jackson, de la Universidad de Stanford, y Massimo Morelli, de la Universidad Estatal de Ohio, sostienen que a menudo los conflictos se deben a un distinto grado de incentivos para los gobernantes, en comparación con el conjunto de la sociedad. Es lo que ellos denominan “sesgo político”. Según su argumentación, el régimen autocrático de Irak invadió en 1990 Kuwait en parte porque lo que era bueno para Sadam Husein no coincidía con lo que era bueno para los iraquíes.

Para comprender el modelo, imaginemos el caso de dos Estados inventados, Narnia y Neverland, éste último de menor tamaño. Se supone que sus gobernantes, Aslan ...