Cinco consecuencias de que la superpotencia deje de ser el policía global.

(AFP/Getty Images)


Con el lanzamiento en 1945 de sendas bombas atómicas sobre las ciudades japonesas de Hiroshima y Nagasaki, Estados Unidos pasó a convertirse en la potencia militar dura, capaz de matar a centenares de miles de personas en unas horas, y aniquilar a imperios agresores como el japonés apretando un botón. EE UU ocupó así el papel de potencia indispensable para el resto del siglo XX, como Imperio Británico lo había sido en el siglo anterior. A día de hoy, Washington dirige un sistema de defensa y agresión en el que invierte cada año más que todo el resto del mundo junto.

El país reaccionó con dos guerras directas y varias indirectas a su Pearl Harbour de este siglo, los ataques del 11 de septiembre de 2001. Pero ahora está de retirada. “Tras una década de guerra, la nación que tenemos que reconstruir son los Estados Unidos de América”, ha asegurado el presidente estadounidense Barack Obama, para poco después dar la orden de reducir el número de tropas hasta número más bajo desde 1940.

En el país hay hastío de guerra, y una preferencia cada vez más obvia de vez de dejar de gastar los recursos y las vidas estadounidenses en aventuras como la de Irak, o en guerras de dudosa efectividad como la de Afganistán. Salvo sorpresas de la Historia, vienen unos años de repliegue de la potencia global, como se ha visto recientemente en su inacción en la guerra de Siria o en la languidez de su respuesta ante la anexión rusa de Crimea. Estos son solo dos ejemplos de lo que puede pasar si Estados Unidos deja de ser el policía global. A cambio, aumentan las decisiones multilaterales y, ...