Una bandera del Estado Islámico en la carretera entre Kirkuk y Tikrit, septiembre de 2014. JM López/AFP/Getty Images
Una bandera del Estado Islámico en la carretera entre Kirkuk y Tikrit, septiembre de 2014. JM López/AFP/Getty Images

 

Desde que el EI se apoderó de una amplia franja del norte de Irak en junio, el grupo yihadista se ha convertido en foco fundamental de la política regional. Pero su éxito es un síntoma de una serie de problemas más de fondo que no se solucionan por medios militares: gobiernos sectarios en Siria e Irak, estrategias militares dependientes de unas milicias que radicalizan a las poblaciones locales y la desaparición gradual de las fuerzas suníes tradicionales.

En vísperas de las elecciones iraquíes de abril, el entonces primer ministro Nouri al Maliki imitó al presidente sirio Bashar el Assad y empleó la amenaza yihadista para movilizar a su base chií, presentarse como baluarte contra el terrorismo y así obtener el respaldo internacional. Su táctica tuvo éxito y a la vez fue contraproducente: ganó las elecciones, pero solo a costa de distanciarse de la mayoría de los suníes de su país.

Aunque muchos iraquíes y las autoridades estadounidenses esperaban que la caída de Maliki en favor de Haider al Abadi abriera paso a un Gobierno más integrador, hasta ahora se han visto decepcionados. Las fuerzas chiíes asociadas con Irán mantienen su influencia en la toma de decisiones en Bagdad. Por otra parte, aunque la guerra contra el Estado Islámico ha promovido una incipiente reconciliación entre el Gobierno Regional del Kurdistán y Bagdad, el apoyo de Occidente a las facciones kurdas está alimentando las tensiones entre los iraquíes y las rivalidades entre los kurdos.

La campaña aérea de Estados Unidos contra el EI ha frenado algo al grupo. Sin embargo, la dinámica general del conflicto a ambos lados de la frontera Siria-Irak sigue inclinándose en favor de la organización yihadista, porque asegura ser ...