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Impacto del ciclón Pam sobre las islas del Pacífico. (Dave Hunt-Pool/Getty Images)

Los países del sur global están sumidos en un peligroso círculos vicioso en el que las habituales catástrofes naturales incrementan su niveles de deuda con prestamistas de Estados ricos que, a su vez, limitan su capacidad para realizar necesarias inversiones en mitigación y adaptación frente a la emergencia climática.

La última tragedia que asoló las paradisíacas islas de Fiji llegó a 345 kilómetros por hora. A mediados de diciembre de 2020, el ciclón tropical Yasa azotó esta nación insular del Pacífico durante dos días y dejó a su paso cuatro muertos, miles de casas y negocios destruidos y una factura, en materia de reconstrucción, de miles de millones de dólares. Para su desgracia, la calamidad climática solo fue la última de tantas: en los últimos años, el país ha sufrido una cadena de tormentas que se han sumado a otros desastres medioambientales como la subida del nivel del mar. Y la pandemia solo ha contribuido a empeorar más las cosas.

Esta sucesión de calamidades, ampliamente atribuidas a los efectos del cambio climático, no han dejado a Fiji otra alternativa que endeudarse para hacer frente, por un lado, a sus necesidades de reconstrucción y, por el otro, a sus necesidades de adaptación ante una amenaza existencial. Sin embargo, los altos niveles de deuda que ha acabado acumulado el país, y la obligación de afrontar de forma prioritaria su pago, le han forzado a recortar recientemente un 32% los fondos públicos destinados precisamente a proyectos del clima.

Como las islas Fiji, decenas de países del sur global están sumidos en un alarmante espiral en el que sus cada vez más frecuentes catástrofes naturales les están llevando a acumular unos crecientes niveles de deuda con prestamistas de Estados ricos que, a ...