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Un rompehielos en el mar de Kara en la península Yamal en el Círculo Polar Ártico. (Kirill Kudryavtsev/AFP/Getty Images)

¿Podría el océano Ártico convertirse en elemento imprescindible de la geopolítica de China y conseguir su reconocimiento como actor global pacifista y responsable?

Empeñada en acercar Europa, China ha añadido la dimensión polar a su megaproyecto de la Ruta de la Seda para conectar, a través del océano Ártico, los dos extremos del continente euroasiático. El derretimiento sin precedentes de los hielos polares ha encendido las alarmas del cambio climático, pero también ha desatado el interés por la nueva vía que se abre al transporte marítimo por la cima del mundo.

La ruta del Ártico puede reducir en 20 días los habituales 48 que tarda un carguero en hacer el trayecto entre Shanghai y Rotterdam (Holanda), el puerto con mayor volumen comercial de Europa. La ruta del sur, que es la que se usa ahora, atraviesa obligatoriamente el estrecho de Malaca, que conecta el Pacífico y el Índico y que, en caso de conflicto, es muy fácil de bloquear porque es muy angosto. De ahí, la voluntad del Gobierno chino de encontrar una vía alternativa.

Tras cinco años de negociaciones y dos intentos fallidos, Pekín consiguió en 2013 convertirse en observador permanente del Consejo Ártico (CA), en el que se integran los ocho países costeros de este océano: Rusia, Canadá, Estados Unidos, Noruega, Suecia, Finlandia, Islandia y Dinamarca. Desde entonces, ha impulsado la cooperación con todos los miembros basada en el “respeto, beneficio y sostenibilidad”.

Con Donald Trump en la Casa Blanca, Pekín anhela encontrar mercados alternativos para sus productos, al tiempo que busca estrechar sus relaciones geoestratégicas con la Unión Europea, con la que comparte la urgente necesidad de luchar contra el cambio climático. China, que se identifica como “un ...