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Los 50 años de la Convención de Viena sobre relaciones diplomáticas, van más allá de Hitchkock y de las novelas de espías. Un balance al medio siglo del mecanismo que regula las relaciones entre países.

Cómo mantener abierta una embajada en caso de conflicto, tal como sucedió durante la guerra entre Irán e Irak o, actualmente entre Rusia y Ucrania. Incluso en las guerras más sangrientas, los contendientes acaban manteniendo algún tipo de diálogo. El mecanismo que hace que todo esto sea posible la “Convención de Viena sobre relaciones diplomáticas de 1961” (CVRD) marcaría, desde su entrada en vigor hace 50 años, lo que sería el Derecho procesal de las relaciones internacionales. Regula cómo establecer (o romper) relaciones diplomáticas.

La CVRD ha alcanzado tal relevancia que aun los pocos Estados que no son parte del tratado, aplican sus disposiciones como costumbre internacional. Con la excepción de Antigua y Barbuda, Palau, Islas Salomón, Sudán del Sur y Vanuatu, todos los miembros de la ONU son parte del tratado. También la Santa Sede y desde el 2 de abril Palestina, lo que plantea un importante dilema jurídico.

Su rapidísima entrada  en vigor fue una sorpresa. El propio éxito de la conferencia fue inesperado. La atención de la prensa fue escasa. Suponían que iba a convertirse en un nuevo campo de batalla de la guerra fría.

La Viena de 1961 no era ya la ciudad devastada de El tercer hombre; pero seguía llena de espías. La neutralidad austríaca hacía de la ciudad un cruce de caminos entre ambos lados del Telón de Acero en la línea de las novelas de Den Leighton o John Lecarré. La figura del espía ha estado siempre ligada a la CVRD y, aún hoy, la expulsión ritual de agentes es una clara reminiscencia de la guerra ...