Frente a este nuevo desafío sigue faltando que los Estados recuperen la iniciativa en la batalla contra el ciberterrorismo, pasando de estrategias defensivas a otras de carácter más ofensivo.

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La sombra de un empleado en una pared de cristal con código en la sede de la empresa de ciberseguridad Kaspersky, Moscú, 2017. KIRILL KUDRYAVTSEV/AFP/Getty Images

Europa se ha visto arrojada al epicentro de la reciente evolución del terrorismo, y Francia, que ocupa el puesto número 30 en el Índice de terrorismo global 2017, lo refleja con su exposición a los atentados de nuevo cuño en los últimos años. Este país es uno de los que ocupan puestos más altos en el Índice sin estar envueltos en un conflicto armado, que suele ser el principal impulsor de la actividad terrorista. Su puntuación es tan elevada porque en años recientes ha sufrido muchos atentados cometidos por primera vez: tácticas guerrilleras, guerrilla urbana, atentados suicidas en París y un atentado con un camión en Niza ponen en evidencia una sociedad y unos servicios de seguridad desacostumbrados a las nuevas amenazas terroristas y mal adaptados para subsanar las vulnerabilidades derivadas de ellas. A eso hay que añadir la combinación de terrorismo y mundo informático, que convierte en arma la propaganda y la ideología, difunde convicciones extremistas, facilita el reclutamiento y la radicalización e incluso galvaniza e impulsa directamente atentados terroristas.

Eso es lo que ocurrió con la decapitación de un sacerdote francés en Normandía, en julio de 2016, cuyos autores no solo se habían radicalizado en Internet sino que recibían sus directrices y sus órdenes a través de las redes de telefonía móvil. Se trata de una tendencia más amplia, de la que ya advirtió la Financial Action Task Force (Grupo de acción financiera contra el blanqueo de dinero) en 2015: la Red es ...