Migrantes centroamericanos cruzan a pie la frontera entre Guatemala y México. John Moore/Getty Images
Migrantes centroamericanos cruzan a pie la frontera entre Guatemala y México. John Moore/Getty Images

Construir una barrera más alta y robusta como propone el candidato republicano a la presidencia de Estados Unidos, Donald Trump, ignora por completo la lógica actual de los flujos migratorios desde América Central.

Es curioso y aún más notable que la extrema polarización política de Estados Unidos, escenificada en el rechazo frontal y popular en contra de los flujos migratorios provenientes de América Latina, coincida con el nivel más bajo de este mismo movimiento desde hace décadas.

Los seguidores de Donald Trump y los votantes que sueñan con un gran muro para sellar la frontera entre su país y México están acertados en un solo punto. Más de 20 años de inversión por parte de Estados Unidos en 1.100 kilómetros de vallas, en la creación de una fuerza de casi 20.000 guardias desplegados en la frontera y en tecnologías de vigilancia de altísimo nivel no han logrado terminar por completo la migración hacia el norte.

En 2015, por ejemplo, 330.000 personas fueron detenidas en la frontera entre México y EE UU, la gran mayoría de ellas de origen centroamericana. Más de 175.000 fueron deportados a sus países directamente desde México, que ha transformado su rol en los últimos años, pasando de ser una fuente inacabable de migrantes clandestinos a ser el principal encargado del control migratorio para su vecino del norte, convirtiéndose en un tapón frente al éxodo de centroamericanos.

Es aquí donde los halcones del control de la migración cometen su primera gran equivocación. Pensar que una barrera más alta y robusta tendrá un poder disuasivo definitivo sobre los viajeros indocumentados puede sonar lógico en una campaña electoral. Pero en realidad, este argumento ignora por completo los riesgos y horrores a los cuales están expuestos ...