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Un albañil en una obra de edificios en Dar es Salam, Tanzania. (Daniel Hayduk/AFP via Getty Images)

Las principales ciudades africanas necesitan más viviendas para acoger al, cada vez mayor, número de personas que las habitan; sin embargo su construcción no se está haciendo de manera equitativa y no todos tienen las mismas oportunidades.

Se llamaba Susan. Su único medio de subsistencia era una parcela pequeña en los alrededores de Nairobi, la capital de Kenia. Estaba rodeada de apartamentos caros, un estadio de fútbol y una carretera donde se producían unos atascos terribles todas las tardes. Desde luego, no era una tierra fértil ni un paraíso natural. En el momento en el que conocí a Susan, aquel lugar era un descampado con hierbas amarillas y nubes de polvo.

Los campesinos habían transformado esa planicie baldía en un milagro. Armados con azadones y unas manos callosas y duras —el resultado de muchos años de esfuerzos y sudor—, cultivaban algunas verduras y después las vendían en los mercados locales. Pero los campesinos no eran los propietarios de esos terrenos, a pesar de haberlos cultivado durante décadas. Hasta hace unos años, no eran más que un pedazo de terreno público sin mucho valor económico. Al estado no le importaba lo que los ciudadanos hiciesen en él. Sin embargo, por culpa de la presión demográfica y los especuladores inmobiliarios, el precio del suelo se multiplicó en poco tiempo y, de repente, los agricultores se encontraron entorpeciendo un negocio millonario. En 2017, recibieron un aviso de la policía: un empresario quería construir edificios sobre sus huertos. Si seguían cultivando, serían arrestados. El milagro que esos campesinos habían conseguido tenía fecha de caducidad.

Las ciudades de África necesitan más casas. Y para los inversores con suficiente dinero, construirlas es uno de los negocios más rentables del ...