La cuestión de la toponimia del país asiático pone en duda su aparente armonía étnica.

 

 










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El presidente de Kazajistán, Nursultán Nazarbáyev, ha planteado la posibilidad de cambiar el actual nombre del país por el de Kazak Eli (o Qazaq Eli). De momento no es más que una idea lanzada en una pequeña reunión con un grupo de intelectuales, pero no es un simple comentario. Aunque queda mucho recorrido para que se convierta en una propuesta formal, se trata de una cuestión delicada con relación a la aparente estabilidad y "armonía interétnica" de Kazajistán.

Nazarbáyev argumenta que el sufijo stan hace que el país esté asociado internacionalmente a países como Afganistán o Pakistán lo que repercute negativamente en la imagen y agenda exterior de Astaná. Y algo de razón tiene. El abismo político y cultural que separa a Kazajistán de estos países queda difuminado, tal y como se lamenta el presidente kazajo, por la similitud con el nombre de estos problemáticos vecinos meridionales.


Sin embargo, las verdaderas razones para impulsar esta medida no son tanto de índole internacional como de ámbito puramente doméstico. Kazajistán es un estado multiétnico y plural, aunque bastante menos de lo que sugieren las estadísticas y censos oficiales que reconocen a más de 130 grupos étnicos en el país. La cuestión lingüística y el papel que deben ocupar la cultura y los kazajos étnicos en los inacabados procesos de construcción nacional y estatal de Kazajistán son el asunto central y el eje sobre el que gravita la propuesta de cambiar el nombre del país. Y no es un asunto menor. Provoca una tensión latente cuyo estado pretende testar Nazarbáyev ...