Los rankings son un asunto intrínsecamente peligroso. Lo más probable es que cualquier lista, bien sea una jerarquía de países, de ciudades o de universidades genere un gran debate. Cuando se abrió el plazo para elegir a los 20 intelectuales públicos más influyentes del mundo en 2008, a través de la web de Foreign Policy, nadie imaginó que más de 500.000 personas votarían por su intelectual favorito.

Esta lluvia de votos muestra algo único sobre el poder de los hombres y las mujeres incluidos en la lista de los 100 intelectuales más destacados, y es la influencia de sus ideales. Pero para ser un “intelectual público” también es necesario mostrar facilidad para comunicarse con un gran público diverso. Este talento ha sido, sin duda, la baza más importante de muchos de los nombres que se encuentren en la clasificación. Por ejemplo, algunos cerebros –como Aitzaz Ahsan, Noam Chomsky, Michael Ignatieff y Amr Jaled– realizaron campañas para promocionar la lista en sus respectivas páginas web. Otros escribieron comunicados de prensa o concedieron entrevistas a algunos periódicos. La cobertura mediática incluyó reseñas biográficas por todo el mundo.

Y nadie difunde la palabra con tanta eficacia como el hombre en el primer puesto, Fetulá Güllen. A principios de mayo, la lista de los 100 intelectuales públicos más destacados apareció en la portada de Zaman, periódico turco muy cercano al académico islámico Gülen. En cuestión de horas, llegaron a la redacción cientos de votos a su favor. Sus partidarios –musulmanes educados para promover los procesos de movilidad social ascendente– estaban ansiosos por votar no sólo por su campeón sino por otros musulmanes incluidos en el top 100. Gracias a esta oleada, los 10 primeros son todos musulmanes. Los ideales por los que son conocidos, especialmente en lo que ...