Técnico examinando las placas solares (Jacobs Stock Images via Getty Images)

El bloque comunitario se juega su futuro si no potencia la movilidad sostenible, la reforma del mercado de capitales o la autonomía en la producción e importación de materias primas vitales.

Nos preguntábamos hace pocos meses qué había cambiado exactamente en los negocios por causa de la pandemia y cuáles de esas transformaciones se iban a quedar con nosotros. Ahora sabemos que, en el caso de Europa, las tendencias previas a la tragedia sanitaria, sobre todo, se han acelerado. Y esto puede observarse bien en el impulso redoblado de la transición ecológica mediante los fondos de recuperación de la crisis (aceleración de la lucha contra el cambio climático) y en el creciente protagonismo que han adquirido la autonomía productiva o la diversificación del riesgo de proveedores (aceleración del nacionalismo económico y pérdida de confianza en la globalización como la habíamos conocido).

Una de las incógnitas era cómo iba a reaccionar el bloque comunitario ante la llegada de un nuevo presidente estadounidense. Hasta ahora, Joe Biden ha dado nuevos ánimos a las autoridades comunitarias, porque ha seguido su estela con una apuesta abrumadora por el gasto público para estimular y reformar la economía de EE UU, con su impulso de un pacto verde propio para catapultar la transición ecológica y con la forma en la que ha prometido defender el empleo y la producción dentro de las fronteras de su país y también el acceso estable a bienes básicos (y aquí ya no solo hablamos de petróleo, sino también de chips, por ejemplo).

En este contexto de tendencias aceleradas, la Unión Europea está apostando por sectores en los que sabe que se juega su futuro. Y no ya solo ante la primera potencia mundial, sino también ante China, ante ...