Para algunos analistas estamos ante el fin de una época y de las alianzas tradicionales, como la OTAN. Pero Donald Trump podría adoptar una posición pragmática, paradójicamente similar a la de Barack Obama. Antes que el fin de una era el nuevo presidente de EE UU es un símbolo de la incapacidad de las elites de gestionar los múltiples desafíos que enfrenta la sociedad internacional.

Las declaraciones de Trump han oscilado entre la superficialidad y la ignorancia en un constante cambio de opiniones. Su campaña se basó en una agenda política interna con eventuales anuncios sobre política exterior, indicando que su tratamiento de la misma seria “empresarial”. Quienes quieran la protección de Estados Unidos, como Japón o los aliados de la OTAN, deberán pagar por ello, financiera y militarmente. A la vez, puso un signo de interrogación ante la solidaridad aliada (el “todos para uno” de la OTAN), indicando que primero están los intereses de EE UU y luego los del resto.

En el contexto de las tradiciones de la política exterior de ese país, Trump parece inclinarse por el aislacionismo. O sea, concentrarse en cuestiones internas, no implicarse en guerras en las que el interés de Estados Unidos no es prioritario, evitar alianzas comprometedoras. A la vez, algunas de las personalidades de las que se ha rodeado, y que podrían ocupar puestos en su administración, tienen una visión intervencionista hacia el mundo.

Este fin de semana un miembro del equipo de Trump, el ex director de la Agencia Central de Inteligencia (CIA), James Woolsey, declaró a CNN que en la lucha contra el autodenominado Estado Islámico (EI) quizá habría que realizar “interferencias” en terceros países. Por otro lado, los denominados neoconservadores, altamente belicistas e intervencionistas, tratarán de influir en su administración. Los vínculos existen entre personas del entorno de ...