El pasado 24 de abril, el candidato del partido ultranacionalista austriaco FPÖ, Norbert Hofer, se alzó con la victoria (35% de los votos) en la primera vuelta de unas elecciones presidenciales que se caracterizaron por el hartazgo de los ciudadanos hacia una política de pactos entre los dos grandes partidos que se ha mantenido durante décadas, elección tras elección. Los votantes dieron un contundente voto de castigo a los partidos de la “gran coalición” que, tradicionalmente, ha formado gobierno en el país transalpino desde el final de la II Guerra Mundial. Un castigo que “ya se iba intuyendo por los resultados de varias elecciones regionales en los últimos años, en las que centro derecha y centro izquierda habían sido “amonestados” por los electores, en palabras de José Manuel Sáenz Rotko, profesor de Relaciones Internacionales de la Facultad de Ciencias Humanas y Sociales de la Universidad Pontificia Comillas ICAI-ICADE y experto en Austria y Alemania.

Al final, el pasado domingo, Hofer se enfrentó al independiente Alexander Van der Bellen, que cuenta con el aval de Los Verdes. Al final, solo 30.000 votos separaron a Bellen de Hofer, apenas un 0,3% de los sufragios.

El suspiro de alivio ha sido importante en toda Europa al ver que, tras el empate técnico y el recuento de los votos por correo, un euroescéptico como Hofer no alcanzaba sus pretensiones de hacerse con la jefatura del Estado en el último ”round”. En cualquier caso, y en opinión de Sáenz Rotko, “la presencia de Hofer no hubiera generado muchas distorsiones en el seno de la Unión Europea”.

Lo que sí es cierto es que este plebiscito ha mostrado un país preocupado por la inacción de su clase política. “Los austriacos están preocupados, han aumentado los delitos, y la inmigración ha sido un asunto ...