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El presidente de Suráfrica Cyril Ramaphosa en Ciudad del Cabo, Suráfrica. (Rodger Bosch/AFP/Getty Images)

Suráfrica nunca ha dejado de estar sometida al férreo control de exiguas minorías y clanes. Esta situación llegó al total desenfreno en los casi nueve años de gobierno de Jacob Zuma y con la complicidad de la familia Gupta. ¿Será capaz el Congreso Nacional Africano de resurgir de sus cenizas bajo su nuevo líder Cyril Ramaphosa?

Atrás quedaron los esperanzadores tiempos de la presidencia de Nelson Mandela. Madiba no reconocería su propio partido un cuarto de siglo después. El Congreso Nacional Africano (CNA) mantiene secuestrados todos los ámbitos y resortes de la vida pública mientras reina el caos.

Gran parte del liderazgo negro de lo que fue un exitoso movimiento de liberación se ha apoltronado en cómodos cargos públicos. Jacob Zuma y su clan saquearon el Estado a tal extremo que el concepto state capture pasó a formar parte del léxico político nacional. Lo hizo en connivencia con la familia india de los Gupta. Este imperio empresarial hacía negocios con todos los sectores de la administración y recibía tratamiento de jefes de Estado. Dominaron la economía designando incluso a los ministros que les convenían.

A Zuma le cabe el dudoso honor de haber sido el presidente del state capture por excelencia. Mandela había centrado sus esfuerzos en cimentar la reconciliación entre negros y blancos. Apenas empezó a combatir opresión, clientelismo y amiguismo, corrupción, opacidad…. No ayudó el hecho de que el CNA mantuviera en el Gobierno los modelos de conducta adquiridos durante sus décadas de organización clandestina: obediencia incondicional y considerar traición toda crítica. Incluso afectó a la integridad moral de Mandela quien puso con frecuencia la lealtad personal de los viejos camaradas y la disciplina de partido por encima de aptitud, idoneidad y responsabilidad.

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