Banderas del Estado Islámico vistas desde posiciones de los Peshmerga. (Karim Sahib/AFP/Getty Images)
Banderas del Estado Islámico vistas desde posiciones de los Peshmerga. (Karim Sahib/AFP/Getty Images)

En el último año, el mundo tiene una obsesión con el ascenso del Estado Islámico, el grupo terrorista más rico y violento de la historia moderna, que está reclutando combatientes extremistas de todo el mundo para lograr su objetivo de establecer un califato perdurable y en expansión. Daesh ha eclipsado a todos los demás grupos terroristas del escenario internacional convirtiendo el terror regional en una amenaza para la seguridad de alcance mundial. Lo ha hecho gracias a su capacidad de instituir un gobierno y un territorio autónomo semifuncional, su utilización de las herramientas comerciales del siglo XXI para crear una marca internacional y su estrategia de atraer a luchadores extranjeros. Su poder se basa también en una riqueza sin precedentes, obtenida mediante estrategias financieras variadas y complejas.

La reacción de Occidente ha estado motivada en gran parte por el deseo de estabilidad regional y el temor a que el terrorismo alimentado por el Estado Islámico se extienda a sus fronteras. Hasta ahora, en 2014 y 2015, Estados Unidos y los 60 miembros de su coalición han gastado la mayor parte de su presupuesto bélico en energía cinética. La coalición asegura que ha destruido alrededor de 13.781 objetivos, desde vehículos armados hasta instalaciones petrolíferas. El coste de la campaña, de agosto de 2014 a octubre de 2015, fue de un promedio de 11 millones de dólares diarios (unos 10 millones de euros), hasta un total de 4.750 millones de dólares.

A pesar de esa inversión, el Estado Islámico resiste. Es más, ha extendido su influencia más allá del Levante y Mesopotamia, con atentados en Egipto, Libia, Túnez y Yemen.

Ha recibido apoyo o declaraciones de afiliación de 42 grupos internacionales, de ellos, 30 en afiliación oficial, y ...