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Una mujer llora la muerte de un familiar en un ataque llevado a cabo por las Fuerzas Democráticas Aliadas en Beni, República Democrática del Congo. JOHN WESSELS/AFP/Getty Images

Todas las complejidades e incógnitas que se esconden tras el conflicto silenciado que asola parte del país africano.

Después de superar montañas con cerca de 2.000 metros de altitud, bosques tropicales, pueblos humildes y campos cultivados, la carretera termina al lado de un control de militares y una barrera ensuciada por el barro. A partir de este punto, la calzada se transforma en una pista destartalada. Es Bunagana, una de las fronteras entre Uganda y la República Democrática del Congo. Los soldados de ambos países, armados con fusiles de asalto AK-47, observan a los comerciantes que pasan de un lado a otro de la frontera arrastrando bicicletas repletas colchones, artículos de plástico, racimos de plátanos machos y otras frutas y verduras. Son ciudadanos de los pueblos de los alrededores y tienen permisos especiales. El autobús de una empresa local con un cartel del logotipo de ACNUR en el parabrisas está a punto de llegar. Un ritual que se repite todas las semanas o, cuando el número de ataques en Congo aumenta, cada pocos días. Está lleno de refugiados que escapan de una guerra silenciada. Casi todos son mujeres o menores de edad con una única mochila o unos pocos objetos en el interior de un trozo de tela atado por los bordes. No podrán regresar a sus casas en mucho tiempo. Para ellos, cruzar esta frontera significa escapar de la violencia de los grupos armados, pero también vivir en lugares donde no entienden sus idiomas, depender de las ayudas humanitarias y, a menudo, no saber nada de los familiares que se han quedado atrás.

Por eso los refugiados no sonríen. Al llegar ...