Edificios quemados en Benghazi tras los enfrentamientos entre el partidarios de las dos facciones. (Abdullah Doma/AFP/Getty Images)
Edificios quemados en Benghazi tras los enfrentamientos entre el partidarios de las dos facciones. (Abdullah Doma/AFP/Getty Images)

La aparente consolidación de la base de Daesh en torno a Sirte, en la costa mediterránea de Libia, ha reavivado el intento internacional de acabar con una crisis política que ha dejado el país destrozado.

Desde la intervención militar de la OTAN y el derrocamiento del histórico dictador Muamar Gadafi en 2011, varios partidos políticos, tribus y milicias se disputan el poder y el control de los vastos yacimientos de gas y petróleo del país. Desde mediados de 2014 gobiernan dos facciones rivales; en otras palabras, nadie. En diciembre se logró un acuerdo para formar un Gobierno de unidad nacional, gracias a la mediación de la ONU y los enormes esfuerzos de Estados Unidos e Italia. El compromiso contó con la firma de miembros de los dos bandos, pero muchos siguen oponiéndose al pacto. No parece que el Gobierno de unidad pueda gobernar mucho, sobre todo si sus adversarios impiden que se establezca en Trípoli.

Mientras tanto, la anarquía sigue teniendo enormes costes. Miles de detenidos languidecen encarcelados sin el debido proceso judicial y los secuestros y los asesinatos selectivos son cada vez más numerosos. Además, Libia es un importante centro de tránsito para los refugiados y emigrantes procedentes de Oriente Medio y África que intentan llegar a Europa. El tráfico descontrolado de armas y combatientes a través del país agrava los conflictos en el Sahel, en especial en Malí y el lago Chad. Los servicios de inteligencia occidentales dicen que la empobrecida región de Fezán, en el sur, está convirtiéndose en refugio de redes criminales y grupos radicales. Por si fuera poco, en el horizonte se vislumbra un desplome económico, salvo que la producción de petróleo aumente y las autoridades hagan algo para conservar la ...