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La actriz Awkwafina de la película Crazy Rich Asians en la alfombra roja de la presentación de la película en Atlanta, Estados Unidos. Paras Griffin/Getty Images for Warner Bros

La comedia romántica Crazy Rich Asians -protagonizada sólo por actores de origen asiático- está triunfando en Estados Unidos, mostrando el conflicto entre el individualismo occidental y la tradición china. Pero, sobre todo, es un retrato realista de una élite económica cada vez más potente. 

 En la escena inicial de Crazy Rich Asians, una mujer asiática llega, junto a sus hijos, a un lujoso hotel de Londres en plena noche lluviosa, a mitad de los 90. Se acerca a los recepcionistas y les pide que le acompañen a la suite que ha reservado su marido, el señor Young. Los recepcionistas le responden con sorna que no hay ninguna suite a su nombre, y que mejor se busque otro hotel, por ejemplo “en Chinatown”. La señora Young, con cara consternada, les pide hacer una llamada a su marido. Ellos la mandan a una cabina pública en pleno chaparrón nocturno. Cuando la señora vuelve a entrar en el hotel, totalmente empapada, aparece un hombre mayor -el propietario de la cadena de hoteles- y pide a los sorprendidos recepcionistas que acompañen a la señora a la suite. El señor Young acaba de comprar toda la cadena de hoteles.

Esta escena de Crazy Rich Asians podría ser el inicio de cualquier película de súperricos que, a golpe de talonario, pueden comprar el mundo que les rodea a su antojo. La cuestión diferencial, en este caso, está clara: las caras que realizan esta compra sin despeinarse no son ni occidentales, ni rusas, ni árabes, sino asiáticas. Una realidad económica que aparece cada vez más en los periódicos y en las revistas de tendencias, pero que ...