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Un soldado somalí apunta con una pistola a un póster con el retrato de Ayman al Zawahiri, líder de Al Qaeda, en una protesta contra la franquicia yihadista Al Shabab en Mogadiscio. (Abdifitah Hashi Nor/AFP/Getty Images)

La red terrorista ha podido dar la falsa imagen de que estaba en las últimas, pero los datos y las informaciones sobre el yihadismo global apuntan a que no es así.

El guión habitual en estos casos establece que para que alguien pueda resucitar primero tiene que haber muerto. Y cuando el asunto se plantea en relación con Al Qaeda lo inmediato es constatar que, más allá del coyuntural ostracismo mediático con respecto a la red terrorista de referencia durante las últimas décadas, el entramado yihadista puesto en marcha en su día por Osama bin Laden nunca ha dejado de estar operativo. Es cierto que, a la sombra de un Daesh que en estos últimos tres años ha acaparado la atención tanto de los medios de comunicación como de los responsables políticos de muchos gobiernos, Al Qaeda ha podido dar la falsa imagen de que había sido eliminada o al menos de que sus mejores tiempos habían pasado irremediablemente. Pero, más allá de los titulares, también es posible rastrear su creciente actividad tanto en lo que corresponde a su núcleo central como a las diferentes franquicias que ha ido construyendo en diferentes regiones del planeta.

Obviamente, no es fácil establecer un juicio preciso en una materia en la que las sombras dominan sobre las luces y en la que son pocas las certezas sobre las verdaderas capacidades y planes de unas entidades que no acostumbran a difundir abiertamente sus interioridades. Una realidad que deriva en que tanto los estrategas de salón como los amantes del morbo violento dejen volar su imaginación, necesitados ambos de ...