La iniciativa de la nueva Ruta de la Seda representa un gran desafío medioambiental. ¿Está China ejerciendo una gestión correcta y responsable para minimizar el impacto de algunos de los proyectos sobre el ecosistema?

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Construcción cerca de Hambantota, Sri Lanka, en proyecto enmarcado en la nueva Ruta de la Seda. Paula Bronstein/Getty Images

Las caravanas de camellos se han modernizado y ahora una amplia y diversa red de infraestructuras modela el paisaje de la nueva Ruta de la Seda a su paso por Asia Central. Todo el despliegue en sí mismo supone un reto para el mantenimiento de la sostenibilidad del desarrollo global, destacando el alto impacto medioambiental que pueden provocar los proyectos desplegados en los países en desarrollo que forman parte de la iniciativa.

Antes de la nueva Ruta de la Seda, también conocida como BRI (Belt and Road Initiative en inglés), China carecía de una red de infraestructuras que le permitiera conectarse con sus vecinos más cercanos y que se adentrara por Asia Central hacia nuevos mercados donde poder vender los productos chinos. La estimación que ha realizado el Banco Asiático de Desarrollo (ADB, en inglés) de la inversión necesaria en infraestructuras en Asia asciende a 770.000 millones de dólares por año hasta 2020, de ahí el importante testigo que recibe China de abordar esta fase de desarrollo de las comunicaciones y de la construcción de gaseoductos, oleoductos, presas y fábricas de carbón siguiendo los estándares internacionales de protección del medio ambiente.

Para abordar la construcción de un gran coloso como es la nueva Ruta de la Seda, el presidente chino, Xi Jinping, propuso la creación del Banco Asiático de Inversión en Infraestructuras (AIIB en inglés) como una de las instituciones encargada de financiar los proyectos en Asia y a la que pertenecen actualmente 87 miembros, muchos de ...