Más tarde o temprano la dinastía Kim acabará. Así que ya es hora de que Pekín empiece a trabajar por una futura Península de Corea pacífica y estable.

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Las revelaciones de que Corea del Norte tiene, como se sospechaba desde hace mucho tiempo, un programa ilícito de enriquecimiento de uranio, la construcción de un nuevo reactor nuclear más grande y su ataque de artillería sin provocaciones previas contra territorio surcoreano agravan una situación ya peligrosa. Ha llegado el momento de ejercer un pensamiento estratégico, no meramente táctico, y de mostrarse decisivos, no apaciguadores.

El régimen oscurantista de Corea del Norte es corrupto, brutal, incompetente y violentamente agresivo. La dimensión de sus crímenes contra su pueblo puede verse incluso desde el espacio, de noche, cuando se observa una franja negra de pobreza que atraviesa la península, rodeada de las luces brillantes de la prosperidad que resplandecen desde China y Corea del Sur. Es muy probable que durante los 90 murieran más de un millón de norcoreanos, debido a las dos políticas fundamentales de Pyongyang, la fidelidad al ideario del Juche (la autodependencia) y la obligación de satisfacer ante todo las necesidades militares. Los presos políticos están encerrados en  campos repartidos por todo el país, pero la verdad es que casi todos sus ciudadanos son prisioneros del Estado.

Este régimen no podría existir sin el apoyo de China. Pekín proporciona el comercio, la ayuda y el respaldo político necesarios para impedir que este Estado fallido se desmorone por completo. La razón que le mueve a actuar así es evitar la avalancha de refugiados o una inestabilidad política que podría extenderse al gigante asiático. Además, esta trágica situación se vuelve peligrosa por el comportamiento de Corea del Norte en el extranjero.
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