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Construcción de edificios en Addis Abeba, Etiopía, financiada con dinero proceente de la ayuda internacional china. (Eric Lafforgue/Art in All of Us/Corbis via Getty Images)

Sabemos, incluso si seguimos sin querer asumirlo del todo, que uno de los grandes retos que afronta Occidente es cómo enfrentarse a los fantasmas que alimentan su síndrome de príncipe destronado. Por un automatismo muy extendido y posiblemente aumentado por el estigma del coronavirus, China encarna el papel protagonista en ese baile de fantasmas y, con ello se convierte, en ocasiones de forma legítima, en algo más que un incómodo competidor. Esa percepción también existe en la cooperación para el desarrollo. ¿Cuánto hay de amenaza real y cuánto de prejuicio?

La cooperación para el desarrollo ha cambiado en muchos aspectos: sus compromisos y agendas, los actores que participan en ella, las formas de financiación, etc. A pesar de ello, una gran parte de los análisis sobre el sector siguen vinculados a la cooperación de los gobiernos y a la ayuda oficial al desarrollo (incluso si esta es muchos menos relevante hoy) y, en particular, a esa especie de liderazgo ejercido durante décadas por el club de países que componen el Comité de Asistencia para el Desarrollo (CAD) de la OCDE.

Un primer paso implica, incluso si nos limitamos al mundo de la cooperación oficial, tener un mapa mental más completo. Por ejemplo, el no pertenecer al CAD no implica ser nuevo. Ahí están los casos de China y los donantes árabes, como Kuwait y los Emiratos Árabes Unidos, que tienen programas de cooperación desde hace décadas. También hay miembros de la OCDE, y no del CAD, como Turquía e Israel. En especial, hay grandes proveedores de cooperación sur-sur, (por supuesto China, pero también México, India, Brasil, Suráfrica, Chile o Tailandia) que colaboran con miembros ...