Bosnia y Herzegovina (BiH) probablemente sea uno de los países más difíciles de entender del mundo. Por su historia, por su complejidad étnica, por su situación geográfica y por la influencia que los actores globales han tenido y tienen en la configuración de su estructura territorial e institucional.

Han pasado ya dos décadas desde que se firmaron los conocidos Acuerdos de Paz de Dayton. Veinte años en los que, a pesar del dinero invertido por parte de la Unión Europea en este país en reconstrucción, apenas ha avanzado en el proceso de construcción estatal sobre el que fue diseñado. De hecho, a lo que se ha llegado es a la creación de una suerte de Estado Frankenstein en el que las distintas comunidades viven de espaldas unas a otras y, por tanto, la apariencia de normalidad es un mero espejismo.

Una mujer bosnia musulmana en un cementerio de Potocari, cerca de Srebrenica. Elvis Barukcic/AFP/Getty Images
Una mujer bosnia musulmana en un cementerio de Potocari, cerca de Srebrenica. Elvis Barukcic/AFP/Getty Images

BiH en este punto también representa el gran fracaso de Europa. Si bien con Dayton se consiguió alcanzar la paz, parece obvio a todas luces que no es suficiente para la construcción de un Estado eficaz y solvente que disfrute de su soberanía de manera plena y deje de depender orgánicamente de los designios de un Alto Representante de la UE que decida lo que está bien o mal. La experiencia nos ha demostrado que sólo cuando los actores locales adquieren protagonismo y por ende responsabilidades, es cuando realmente se puede comenzar la construcción de un Estado que podría ser considerado viable.

Ningún Estado ha conseguido alcanzar la madurez democrática sobre una Carta Otorgada, redactada al margen de la ciudadanía y además contraria a las normativas europeas, tal y como quedó claro en las sentencia del Tribunal de Estrasburgo en los casos Sejdić -Finci de 2009 ...