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Verduras ecológicas en un mercado de productos orgánicos en Caen, Francia. (Mychele Daniau/AFP/Getty Images)

La producción y el consumo de alimentos orgánicos ya tienen dientes para morder un pedazo cada vez mayor del mercado mundial. Lo que empezó como una pasión algo hippie de minorías se ha convertido en un fenómeno masivo.

Los productos orgánicos suelen ser aquellos que excluyen los transgénicos, los que tienen menos contacto con antibióticos y los que no reciben todo el impacto de los pesticidas químicos y fertilizantes sintéticos. Con ellos, se aspira a compatibilizar la necesidad humana de carne y el menor sufrimiento del animal vigilando desde su alimentación hasta la estabulación, el transporte y la forma en la que mueren las vacas, los pollos o los cerdos. No hay una regulación global y los requisitos específicos y la flexibilidad con la que se interpretan difieren en la Unión Europea, China, Estados Unidos o Latinoamérica.

De todos modos, ya no hablamos del cultivo en una azotea ibicenca, ni de simples cadenas especializadas para aficionados a las tiendas de productos alimentarios selectos. En 2016, que es la fecha más reciente de la que se tienen estadísticas mundiales, el sector facturó más de 75.000 millones de euros. La evolución es muy notable y más cuando tenemos en cuenta la forma en la que se han catapultado las ventas a pesar de la crisis. Desde 2007 hasta 2016 estuvieron a punto de duplicarse.

Por eso, Diego Roig, director de la consultora EcoLogical, matiza que “el principal desafío internacional es ser capaz de alinear el crecimiento de la demanda consumidora con el crecimiento de la oferta productiva”. “Ahora mismo”, añade, “aún con el importante crecimiento productivo, la demanda está creciendo a un ritmo mayor y eso, a largo plazo, puede generar tensiones en abastecimiento y precios”. ...