Rob Stothard/Getty Images
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En la lucha contra el yihadismo el país se enfrenta a sus propios dilemas, que van desde la laicidad hasta el funcionamiento del sistema educativo, pasando por la austeridad y la islamofobia.

Tras los ataques yihadistas, Francia se ha visto obligada a enfrentarse a unas verdades muy incómodas: la laicidad empieza a ser cuestionada, por mucho que la reivindique el presidente François Hollande, y los musulmanes se quejan de que los judíos son tratados con mucha más consideración y tacto que ellos. La integración hace aguas, porque durante años, y especialmente durante la presidencia de Nicolás Sarkozy, el Estado se ha olvidado de invertir más medios y más asistencia social en las banlieus, los barrios deprimidos a las afueras de las grandes ciudades, y en algunas de ellas, como Marsella, esa miseria ha creado ya un ghetto propio y amplio imposible de ignorar. La escuela tampoco ha sabido transmitir a los niños y adolescentes los valores básicos de la República: la libertad, la tolerancia, la igualdad, y los jóvenes de capas sociales más marginadas desprecian la cultura y la educación paritaria porque se saben discriminados desde el nacimiento.

Son muchos los asuntos que François Hollande tendrá que atender en los próximos meses. Y todos de hondo calado. Su popularidad ha aumentado hasta un 40% gracias a la imagen de firmeza y de determinación que ha transmitido durante los días de la tragedia, pero no hay garantías de que ese renacimiento en los sondeos sea duradero. Los retos planteados en estos momentos son enormes y van  mucho más allá de intentar frenar el ascenso del paro o de reducir el déficit público para complacer a Bruselas y Berlín.

 

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