Una mujer protesta contra el Gobierno iraní en la Universidad de Teherán, diciembre 2017. STR/AFP/Getty Images

El nuevo marco geopolítico mundial, la reaparición de Mahmud Ahmadineyad y la reedición del pulso político y generacional entre la vieja guardia y el movimiento ultraconservador mesiánico que lidera el ex presidente iraní explican la nueva oleada de protestas en el país.

En junio de 2009, apenas conocidos los resultados que confirmaban la reelección del entonces presidente, el ultraconservador Mahmud Ahmadineyad, cientos de miles de iraníes, en su mayoría jóvenes pertenecientes a las clases acomodadas, salieron a las calles de Teherán y otras grandes ciudades del país para denunciar lo que definían como una victoria amañada en favor del controvertido mandatario. Impelidos por la ilusión que había suscitado en campaña su oponente aperturista, Mir Husein Musaví, y al grito de “¿Dónde está mi voto?”,  el incipiente “movimiento verde” de reforma –prólogo persa de las futuras “primaveras árabes”– llenó plazas y avenidas con una marea de concentraciones y marchas, en un principio pacíficas. Presionado tanto por los reformistas como por la nueva hornada de ultraconservadores –liderados por el propio Ahmadineyad, cabecilla de una corriente ansiosa por reemplazar a la generación que en 1979 derribó al último Sha de Persia–, que aprovecharon la oleada de indignación para tratar de avanzar en su propia agenda secreta, la vieja guardia optó una vez más por la represión y la extrema violencia. Primero, contra Musaví y sus seguidores, que con el devenir de los días habían comenzado a evolucionar y a convencerse de que podían mutar en un ambicioso movimiento protorevolucionario capaz de generar una grieta en la opresiva teocracia iraní, sacudir sus ásperos cimientos y forzar un cambio final de régimen.

Sostenido en sus dos principales brazos ejecutores –las milicias populares Basij y la Guardia Revolucionaria, cuerpo de ...