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Construcción de una carretera en Sri Lanka gracias a la inversión china, parte del proyecto OBOR. (Lakruwan Wanniarachchi/AFP/Getty Images)

La Asociación de Naciones del Sureste Asiático (ASEAN) se consolida como vértice clave para todos los actores que aspiran al dominio de la conectividad asiática. A pesar del importante peso de China, la ASEAN es esencial en esta carrera.

En la pugna por controlar los nódulos de comunicaciones y flujos comerciales entre Asia y el resto del mundo, un plan sobresale sobre todos los demás: la Iniciativa del Cinturón y Ruta de la Seda (OBOR, por sus siglas en inglés), lanzada por Pekín en 2013. Su objetivo de reforzar la conexión terrestre y marítima transcontinental en una escala sin precedentes –con inversiones en infraestructuras que podrían ascender hasta los ocho billones de dólares– excede en ambición a cualquier otra iniciativa de conectividad de la plataforma euroasiática.

La preponderancia de OBOR no sólo se basa en su alcance físico, sino también en la pretensión hegemónica china de ensamblar toda Asia en una unidad que sea capaz de controlar y que favorezca sus intereses comerciales y políticos.

No puede ponerse en duda la preeminencia de China como elemento vertebrador de la conectividad asiática, ni su ventaja en esta carrera por el control de las vías de comunicación de medio mundo. Pero Pekín necesita afianzarse en puntos clave para consolidar su dominio, y la Asociación de Naciones del Sureste Asiático (ASEAN) es una parte esencial de sus esfuerzos.

Con alrededor de 650 millones de habitantes y un crecimiento económico medio que superará el 5% en el próximo decenio, el poder combinado de los diez Estados miembros de la ASEAN convierte a este bloque regional en uno de los epicentros que todo plan de ensamblaje continental necesita amarrar.

Por su proyección económica y demográfica, el ...