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Asamblea nacional de Naciones Unidas, en la pantalla el Secretario general de la ONU, Antonio Guterres. Eduardo Munoz Alvarez/AFP/Getty Images

Los países de renta media ante la reforma de Naciones Unidas.

Cuando en septiembre de 2015, los líderes de todos los países del mundo aprobaron la Agenda 2030 para el Desarrollo Sostenible, en muchas oficinas de Naciones Unidas la euforia se mezclaba con la preocupación por las implicaciones de este nuevo paradigma global.

Y en definitiva, los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS) no sólo revolucionan las responsabilidades de los gobiernos, también aumentan la presión al sistema multilateral por ofrecer apoyos especializados a los países en desarrollo. En el juego está la transformación de economías y sociedades para asegurar la supervivencia del planeta.

Pero, ¿está la ONU a la altura de este desafío?

Apenas instalado en su puesto a principios de 2017, el nuevo Secretario General, Antonio Guterres, no tuvo dudas sobre cómo responder a esta pregunta. Dio máxima prioridad a acelerar la reforma del Sistema de Desarrollo de Naciones Unidas. El UNDS (por su sigla en inglés) consiste en el entramado institucional compuesto por decenas de agencias, fondos y programas especializados, tales como el Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD), la Organización Internacional del Trabajo (OIT) o el Fondo para la Infancia (UNICEF).

El UNDS no es un primerizo en las reformas. En 1969, un informe realizado por el australiano Robert Jackson, uno de los primeros asesores de Naciones Unidas, resaltó que se trataba de una “máquina” que carece de cabeza pensante, cuyas agencias “se dedican a salvaguardar e incrementar su respectivo poder” y actúan “sin tener presentes los intereses de los países en desarrollo”. Sugirió cambios sistémicos que más allá de reforzar el PNUD a mediados de los 70, se quedaron sin aliento.

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