CIUDADES-INTELIGENTES
Una mujer toma una foto de Manhattan en Nueva York con su teléfono. (Drew Angerer/Getty Images)

El desarrollo humano y las ciudades realmente integradas necesitan de algo más que la tecnología, precisan de otro saberes como los intuitivos, interpretativos, creativos o artísticos, ya que más allá de la infraestructura material de la sociedad del conocimiento hay una superestructura simbólica.

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Cuando se habla de progreso, de sociedades del conocimiento o de ciudades inteligentes, lo primero que nos viene a la cabeza es el imaginario tecnológico-digital: dispositivos tecnológicos como sensores, plataformas de gestión de servicios, el Internet de las cosas, sistemas para la adquisición y almacenamiento de datos, la gestión de los transportes. Es decir, pensamos en términos de infraestructura material y muy poco relacionados con lo que podríamos llamar infraestructura simbólica. Hay una especie de obsesión por lo high-tech en todas las políticas de innovación que tiene su lógica: las nuevas tecnologías son más visibles que las reformas institucionales; el éxito económico es más calculable que la cohesión social; las innovaciones sociales apenas se pueden patentar o vender.

A mi juicio, esta manera de entender la sociedad obedece a una confusión —o mejor, a un conjunto de confusiones—, que refleja un desequilibrio en la configuración de nuestras sociedades e implica una concepción reduccionista de la tecnología. De entrada, es una confusión que obedece a la tan extendida confianza en que las innovaciones técnico-económicas aseguran la mejora de las condiciones de vida en toda su amplitud.

Esta confusión está en el origen de otras muchas en virtud de las cuales “inteligente” equivale a tecnológicamente desarrollado o energéticamente sostenible. Una ciudad es smart cuando aplica las TIC al gobierno o en la prestación de servicios, el comercio, la movilidad y la gestión de residuos, y cuando hay ...