Cientos de guatemaltecos se manifiestan para mostrar su apoyo al presidente electo en la Plaza de los Derechos Humanos en Ciudad de Guatemala, Guatemala, el 18 de septiembre de 2023. (Luis Vargas/Anadolu Agency/Getty Images)

Ochenta años después de que su padre liderara una revolución trunca, Bernardo Arévalo resultó electo como presidente de la República. Su principal propuesta, la lucha contra la corrupción, lo ha puesto, sin embargo, en riesgo de pisar antes la cárcel que palacio de gobierno.

Los caminos de Guatemala son tortuosos. Recorrer los 478 kilómetros de distancia entre la capital y la municipalidad de Flores, cuyo atractivo es una minúscula y graciosa isla dentro de un lago, demanda en promedio 12 horas de manejo. Y aunque los paisajes a ratos son sublimes y escasamente agreste el terreno, no es prudente despegar la vista de la maltrecha y transitada vía de dos carriles que conecta Ciudad de Guatemala con la costa del Atlántico y la región septentrional del país. 

‘En Guatemala maneja mal y manejarás poco’, dice un adagio viejo de viajeros que los extranjeros solemos repetir. Por las cañadas aún resuenan las imprecaciones de Aldous Huxley, quien se internó en las entrañas del país en un viaje audaz apenas entregó a prensas su más célebre novela, A brave new world, que en español se conoce como “Un mundo feliz”.  “Las barrancas son la especialidad de Centroamérica”, describió el ensayista inglés. Pasados noventa años, la pésima carretera aún avala su lamento: hay caminos por aquí que “llegas a odiar con extraordinaria e intensa pasión”. El último tramo a Flores es la carretera CA-13, también llamada Jacobo Arbenz, que sube hacia el norte hasta encontrar la frontera con México.

Jacobo Arbenz fue aquel presidente guatemalteco quien, en 1954, fue depuesto por un golpe de Estado que orquestó el gobierno de los Estados Unidos, con el pretexto de evitar la propagación del comunismo en Centroamérica. La realidad es que defendían los intereses de la Union Fruit Company, la empresa platanera que hasta estos días, hoy llamada Chiquita Banana, no ha pagado por los muertos de ese y otros aplastamientos.

En Colombia, en 1928, por complacer a la Union Fruit Company el gobierno nacional masacró a 3.000 obreros en huelga. Ese episodio fue novelado muchos años después por Gabriel García Márquez, quien lo situó, claro, en Macondo. Si tal barbaridad se sumó a otras desventuras ficticias de la familia de José Arcadio Buendía por cien años, a Guatemala el derrocamiento de Arbenz la empujó a una era apocalíptica de juntas militares, jefaturas de facto, tres golpes de Estado, una guerra de exterminio que se estima dejó al menos a 200 mil víctimas mortales, muchos aún desaparecidas, y más de un millón de desplazados y luego, en 1996, tras la firma de unos acuerdos de paz puntualmente olvidados o sobreseídos, a una “dictadura corporativa” de gobernantes civiles que han servido muy bien a la élite nacional, pero mantienen a la mayoría en un ayuno perpetuo de expectativas; por algo el ...