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Las animadoras de Corea del Norte en los Juegos Olímpicos de Invierno en Pieongchang. Carl Court/Getty Images

Cómo la glorificación de la pureza de la raza es un elemento fundamental en la ideología que sustenta a la dinastía Kim. 

Si alguien merece la medalla de oro al mejor ejercicio propagandístico en los Juegos Olímpicos de Invierno en Pieongchang es Kim Jong-un. La presentación por primera vez de un solo equipo coreano de hockey femenino, la marcha bajo una sola bandera de ambas delegaciones en la ceremonia inaugural y la presencia de su hermana, Kim Yo-jong, que eclipsó la del propio vicepresidente estadounidense, Mike Pence, fueron un golpe diplomático maestro.

Kim Jong-un envió además un arma secreta: 230 cheerleaders cuyas sofisticadas coreografías sincronizadas y cánticos a favor de la reunificación deslumbraron al estadio olímpico. La prensa de Seúl se deshizo en elogios ante la “pura e inocente belleza” de las animadoras, todas ellas seleccionadas entre las familias de la elite norcoreana por su lealtad y talento.

Pyongyang utiliza su ejército de bellezas solo cuando quiere mostrar su mejor rostro al mundo. La invitación que extendió Kim Yo-jong al presidente surcoreano, Moon Jae-in, para que visitara el Norte culminó esa audaz maniobra, que puede marcar un punto de inflexión en las complejas –y sutiles– relaciones intercoreanas.

Moon, cuyos padres huyeron de la República Popular durante la guerra (1950-1953), ha dicho varias veces que quiere visitar el país “si se dan las circunstancias apropiadas”. La sombría expresión de Pence en la inauguración dejó claro el desagrado de Washington ante las armas de seducción masiva desplegadas por Pyongyang para atraerse a Seúl, que no tardó en explorar esa vía para sondear sus alcances. Y sus límites.

Según Chun Yung Woo, ex negociador nuclear surcoreano, la estrategia de Kim Jong-un “ha ganado todas sus ...