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Yuan chino y dólar estadounidense. (Fred Dufour/AFP/Getty Images)

¿Es posible que la guerra comercial entre los dos gigantes económicos pueda derivar en una guerra de divisas?  

China y Estados Unidos están enzarzados en una escaramuza comercial que ya se ha reflejado en el fantasmagórico baile de sus monedas. Esta absurda competición premia al que parezca más enfadado y al que pise a su pareja o se eche más veces encima de ella en cada giro. Es un baile de paquidermos que, si no fuera por sus graves consecuencias, podríamos considerar ridículo. El renminbi no es rival para el dólar.

La prehistoria de esta danza macabra es conocida. La primera potencia mundial lleva sugiriendo, durante los últimos quince años, y en esto coincidieron Bush y Obama, que la segunda es un vulgar ladrón y manipulador de monedas que le roba sus fábricas y precariza las vidas de sus operarios, obligándoles a competir con la mano de obra barata de Shenzhen o Cantón. Esas palabras solían reflejar el calentón preelectoral o anticipar negociaciones discretas y poco más. Sin embargo, ahora, el fermento de la indignación, basada en la interpretación libre de hechos reales de cientos de comunidades abandonadas a su suerte frente a las poderosas corrientes de la globalización, ha contribuido a la victoria de Donald Trump.

El nuevo presidente, que se autodefine como un ganador, ha aceptado convertirse en el portavoz de estos damnificados de la globalización y ha empuñado la bandera del proteccionismo como sólo lo hubiera podido hacer, en su país, el socialdemócrata Bernie Sanders. Los popes del Partido Republicano, desde George Will hasta William Kristol, todavía no se han repuesto del jarro de agua fría. Las monedas, y cualquier elemento que simbolice el comercio internacional, tiritan en consecuencia al dictado del nacionalismo y proteccionismo americano.

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