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Blockchain, una base de datos distribuida y extremadamente segura, es uno de los caballos furiosos que tiran del carro electrificado de las ciudades inteligentes. Nos aproximamos a un apasionante punto de inflexión.

Hace mucho que las infraestructuras enfundadas en sensores dejaron de ser un sueño de arquitectos e ingenieros. Los primeros experimentos eficaces con las infraestructuras inteligentes  —por ejemplo, con las autopistas que distribuyen automáticamente el tráfico y cobran una cantidad u otra en función de la densidad de cada uno de los carriles— llevan años arrojando resultados sorprendentes en Estados Unidos. Lo mismo puede decirse de los trajes que miden las constantes vitales de los mineros o los operarios que descienden a grandes profundidades en las operaciones de los túneles del Canal de la Mancha.

Blockchain o cadena de bloques es una fuerza más, muy importante a decir verdad, que se suma a este contexto transformador que lideran la implantación masiva de sensores, el almacenamiento y análisis en la nube de los billones de datos que emiten y la incorporación de superordenadores y la inteligencia artificial como el medio más eficiente para convertirlos en información. Los autómatas, cuantos más datos analizan, más aprenden a encontrar patrones y soluciones que se nos escapan a los seres humanos.

La sociedad abierta es una sociedad de trillones de transacciones anónimas todos los días. Las ciudades inteligentes son pequeñas sociedades abiertas donde esas transacciones van a estar regidas, en gran medida, por los datos masivos, los dispositivos móviles, la automatización y una inteligencia artificial que garantiza que las máquinas se comuniquen entre sí sin apenas intervención humana. Blockchain permitirá transferir activos sin que tengan que haber lentos y costosos intermediarios centralizados (los bancos, por ejemplo) verificando y autorizando las operaciones. Así, si enviamos dinero a alguien, esa transacción la supervisa ...