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El líder norcoreano, Kim Jong-un, a su llegada a China. (AFP/Getty Images)

La sorpresiva visita “no oficial” de Kim Jong-un a Pekín podría reconfigurar el mapa geopolítico de Asia.

El miércoles 28 de marzo los habitantes de la capital china despertamos envueltos en una tormenta de arena, proveniente de la región de Mongolia interior, y en una tormenta noticiosa, que había llegado días antes en un tren desde Pyongyang, Corea del Norte.

Diplomáticos, periodistas extranjeros, netizens, nostálgicos de las historias de la guerra fría y aficionados a las novelas de espionaje especulábamos desde la tarde del lunes previo quién sería el misterioso visitante que arribó a Pekín a bordo de un tren blindado, color verde oscuro con franjas amarillas, identificado como el comúnmente utilizado por la familia gobernante norcoreana. Rápidamente, se sumaban rumores del avistamiento de una inusual caravana de autos oficiales recorriendo el camino de la estación central de trenes hacia la residencia gubernamental para huéspedes de honor, el complejo de Diaoyutai. Ya muy tarde esa noche, algunos curiosos de plano tomaron sus bicicletas para acercarse a la Embajada de ese país, conocido como el Reino Ermitaño. Luces encendidas en el edificio diplomático, afuera la seguridad reforzada. El silencio oficial sólo alentaba la imaginación.

Se pensaba que podía tratarse de Kim Yong-nam, presidente de la Asamblea Suprema del Pueblo y jefe de Estado ceremonial, quien junto con Kim Yo-jong, hermana del actual líder del país, Kim Jong-un, representó a Corea del Norte en la inauguración de los Juegos Olímpicos de Invierno en Corea del Sur en febrero pasado. Se especulaba también que podría tratarse de la propia Kim Yo-jong, en un nuevo paso de la diplomacia del encanto activada durante los Juegos Olímpicos.

Era muy aventurado pensar que el visitante fuera Kim Jong-un, quien desde que ...