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Partidarios de Benjamín Netanyahu muestran su apoyo cerca de las Cortes antes de que el exprimer ministro entrara a declarar. (Amir Levy/Getty Images)

Netanyahu seguirá ejerciendo como líder de la oposición para intentar volver al poder y defenderse de los tres casos de corrupción que penden contra él desde una posición de fuerza.   

Coreado popularmente como Bibi, Melej Israel (Bibi, el Rey de Israel), tras doce años de gestión ininterrumpidos, Benjamín Netanyahu se ha visto obligado a ceder la jefatura del Gobierno al que antaño fuera su director de gabinete, el ultranacionalista Naftali Bennett. Éste lidera ahora la llamada “coalición del cambio”, una amalgama de ocho formaciones políticas totalmente heterogéneas que fue urdida por el liberal Yair Lapid, nuevo ministro de Asuntos Exteriores que según el acuerdo de legislatura debería rotar con Bennett dentro de dos años. A ambos se les han unido otros dos antiguos colaboradores de Netanyahu que en algún momento de sus carreras políticas se sintieron damnificados por éste, Gideon Sa´ar y Avigdor Lieberman.

Consciente de la enorme fragilidad del nuevo Ejecutivo –formado por 27 ministerios para así poder repartir carteras entre sus ocho partidos miembros– Netanyahu ha optado por una retirada táctica. Después de intentar infructuosamente que algún diputado del partido de Bennett llevara a cabo un acto de transfuguismo en el último momento –en una especie de “Tamayazo” a la israelí– el exprimer ministro ha decidido liderar la oposición dentro de la Knesset. No en vano el Likud fue el partido más votado en las últimas elecciones del pasado mes de marzo –las cuartas en apenas dos años– y por ello constituye el grupo parlamentario más amplio con 30 diputados, por lo que sumados a los ultraortodoxos de Shas y Judaísmo Unido de la Torá sólo necesitaría que un partido cambiara de bando para ...